“Entonces Josué dijo a Acán: Hijo mío, da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza, y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras. 20 Y Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho. 21 Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.”
Josué 7:19-21

Un reportero de un periódico, se hizo conocido como columnista, pero comenzó su carrera cubriendo reuniones políticas y casos judiciales en municipios y ciudades. Contó cómo, en uno de los primeros juicios a los que asistió, dos hombres fueron acusados de participar en un robo a mano armada. El fiscal interrogaba a un acusado. “¿Dice que estaba en el lugar del robo?” “Sí”. “¿Y vio un vehículo alejarse a gran velocidad?” “Sí”. “¿Y observó a los ocupantes?” “Sí, dos hombres”. “Y”, preguntó el fiscal, “¿están esos dos hombres presentes hoy en el tribunal?”. El reportero informó que fue en ese momento cuando ambos hombres levantaron la mano. El caso concluyó casi de inmediato con un veredicto de culpabilidad..

La tendencia natural de las personas, desde Adán y Eva, ha sido intentar desviar la culpa y buscar excusas en lugar de admitir sus errores. Los intentos que las personas han hecho a lo largo de los años por ocultar su pecado y evitar afrontarlo han tenido consecuencias trágicas, como cuando David agravó su pecado con Betsabé al asesinar a su esposo. Es imposible comenzar a afrontar el pecado hasta que reconozcamos tanto lo que hemos hecho como nuestra responsabilidad por él. Solo entonces estaremos listos para recibir el perdón prometido por Dios. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” 1 Juan 1:9.

PRINCIPIO DE VALOR PARA EDIFICAR UNA VIDA ESPIRITUAL
El cristiano que intenta ocultar su pecado a Dios no puede recibir la lipieza que solo se obtiene con la confesión.

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