“Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. 7 Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. 8 Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. 9 Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos.”
Marcos 5:6-9
Durante su ministerio terrenal, Jesús confrontó frecuentemente a personas poseídas por demonios. Quizás el encuentro más dramático fue el que tuvo con un hombre que había sido expulsado de su pueblo natal y obligado a vivir entre las tumbas a las afueras de la ciudad. No tenía un demonio, sino muchos. Quien habló con Jesús se identificó como “Legión”. En aquel entonces, una legión romana estaba compuesta por entre 5000 y 6000 soldados. En presencia del Señor, el demonio señaló una verdad: el demonio y Cristo no tenían nada en común.
Aunque muchas personas en nuestros días enfatizan o excusan la idea de que los cristianos se parecen más al mundo, estamos en bandos opuestos sin nada en común. De hecho, optar por encajar nos coloca en el lado equivocado de la batalla. Santiago escribió: ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.” Santiago 4:4.
El mundo, la carne y el diablo luchan contra nosotros, y debemos oponernos firmemente a toda forma de pecado. Charles Spurgeon dijo: “Si yo tuviera un hermano que hubiera sido asesinado, ¿qué pensarían de mí si a diario me asociara con el asesino que clavó la daga en el corazón de mi hermano? Sin duda, yo también debo ser cómplice del crimen. El pecado asesinó a Cristo; ¿serán ustedes amigos de él? El pecado traspasó el corazón del Dios encarnado; ¿pueden amarlo?”.
PRINCIPIO DE VALOR PARA EDIFICAR UNA VIDA ESPIRITUAL
Si amamos a Dios y nos esforzamos por seguirlo fielmente, descubriremos que no tenemos nada en común con quienes siguen el camino del mundo.